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Berlín, tan joven y tan vieja


La prueba del Q7 por la mítica ciudad de Berlín. Un artículo realizado por Santiago Arroyo.


Santiago Arroyo

belin 1 Cierro la puerta del coche, me pongo el cinturón y arranco. Todavía sorprendido por lo corto que ha sido el vuelo, enciendo el ordenador de a bordo y escribo “Postdamer Platz”, donde me alojo. El GPS me aleja del aeropuerto de Berlín y en pocos minutos, estoy aparcando mi Q7 en el parking del hotel. Como algo en el Sony Center, una plaza rodeada de cristal y metal por todas partes, con una fuente espectacular en el centro y luces por todas partes. Salgo a la calle por un hueco entre los edificios, que hace las veces de puerta, y la luz me deslumbra. Entro al hotel de nuevo y cuando salgo, montado en mi coche, rumbo al centro, me doy cuenta de lo silencioso que es. Paro en un semáforo en el que el señor, verde o rojo, del sombrero dirige el tráfico y me veo reflejado en uno de los edificios, del estilo de las cuatro torres del Madrid Bussiness Area o al Museo Reina Sofía. Entonces es cuando pienso que no podría tener un coche mejor para recorrer Berlin. Ambos son grandes, metalizados, poderosos. Pero también silenciosos, educados y bellos. Quizá la palabra perfecta sea majestuoso. Así que me pongo en marcha, decidido a recorrer hasta el último rincón de la capital de Europa. Acercándome hacia el centro de la ciudad, veo algo de lo que me habían hablado pero imaginaba diferente. Aparco y me encamino hacia el monumento en memoria de las víctimas del Holocausto. Cientos de bloques grises delante de mí, unos altos, otros bajos, recuerdan a todas las personas que sufrieron la locura de un hombre. No prolongo mucho la visita y me dirijo al Audi de nuevo. Como si quisiera animarme, el ordenador de a bordo capta una emisora española. Vaya hombre. Es Radio María y tampoco estoy de humor. Pongo algo desde el móvil y meto primera. La luz a esta hora de la tarde es perfecta según me acerco a uno de los monumentos más impresionantes de Berlín. La Puerta de Brandenburgo marca la división entre el Berlín Este y el Oeste (en el momento de su construcción, el Muro lo iré a ver luego). Aun sintiéndome grande en el coche que conduzco, no puedo más que reconocer la majestuosidad de la puerta. Mi mirada se desvía hacia la Cuádriga, que representa a la diosa Victoria en un carro tirado por cuatro caballos. Suena algo de jazz, cortesía de un cuarteto de músicos sentados en un banco cercano. Disfruto un momento de la sensación, tomo alguna fotografía y continúo mi camino. Un kilómetro y medio después, vuelvo a parar. Me doy la vuelta y contemplo la enorme avenida que acabo de recorrer. Lo que más llama la atención de ella es el haberla recorrido bajo la sombra de decenas de altísimos tilos a ambos lados de la calzada. Aparco y como algo en un puesto ambulante de salchichas. Supongo que estas no son las mejores, pero como turista, quedo muy satisfecho. Camino por debajo de un paso a nivel de uno de los trenes metropolitanos de Berlin, que también tiene metro. Un metro basado en la confianza, por cierto, porque no hay tornos a la entrada. Me dirijo a la isla de los museos. Hoy no pretendo entrar en ninguno, pues ya es algo tarde y no los disfrutaría, pero si quiero verlos por fuera. Es curioso que haya una isla dentro de una ciudad pero la bifurcación del río Spree para después unirse, es lo que la da lugar. Paso por delante de las fachadas de los museos y me detengo delante del Museo Pérgamo. Las imágenes expuestas cerca de la puerta como reclamo representan una escalinata gigantesca que finaliza en una larga hilera de columnas. Arcos descomunales, pórticos de grandes dimensiones… Parece mentira que todo eso quepa en un edificio así que me prometo venir al día siguiente y continúo mi paseo, ahora sí, de nuevo en coche. Me acerco ahora a Alexanderplatz, pasando por la plaza, con su enorme reloj, y llego hasta el barrio de San Nicolás, el barrio típicamente comunista, precioso a su manera. Me detengo un momento a contemplar la estatua que representa a Marx y a Engels, enfrente de un gran edificio rojo, construido con ladrillo, que era la sede del ayuntamiento de la zona de la URSS. Veo un gran edificio alto, que me recuerda al Pirulí de Madrid. Me acerco y aparco enfrente de esta torre, cuya función era de emisión de televisión. Ahora está habilitada para la visita y se puede subir hasta el gran mirador que tiene en la parte superior. Desde allí la vista de la ciudad es espléndida y puedo distinguir mi Audi aparcado entre todos los coches. Veo el río, que se separa encerrando la isla de los museos, veo el Reitchtag, el gran parlamento alemán, con su cúpula de cristal y alcanzo a ver el muro, en el tramo paralelo al río. No me puedo ir de esta ciudad sin visitarlo. Bajo en el ascensor y vuelvo a montar en el coche. Me dirijo ahora al Checkpoint Charlie, zona de paso habitual en el Berlín dividido. Han mantenido como homenaje la cabina con las barreras y unos grandes montones de sacos de arpillera, además de varios maniquíes vestidos de soldados americanos, soviéticos, franceses e ingleses. Me tomo una foto con la luz del atardecer y vuelvo al coche. Llegando al Muro, empiezo a ver las famosas pintadas que lo decoran. Desde besos entre políticos hasta mensajes de paz de personas de todo el mundo, pasando por obras de arte contemporáneo y pequeños homenajes al Pop Art. Sigo por la carretera paralela al Muro y llego a la parte en que se para momentáneamente para dejar al descubierto el río. La luz del atardecer se refleja en el agua e ilumina el muro. Continúo con el coche hasta llegar al final de la carretera. Paro y aparco y vuelvo la vista atrás. El anochecer, con el río y el Muro, ya derruido, me regalan la mejor estampa posible para finalizar mi visita de hoy a la ciudad más ecléctica que conozco.

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